domingo, 26 de junio de 2011

Resumen de la obra: La resistencia del autor Ernesto Sabato

INTRODUCCIÓN
La obra de Ernesto Sabato podría ser descrito como un claro retrato de la sociedad y el mundo actual la visión, es tan real, pero a través de ésta, trata de enviar en mensaje que nos haga ver y tomar conciencia de diversos temas personales y sociales, como el individualismo, la pobreza existencial, la incomunicación, el culto a si mismo, el trabajo deshumanizado, el imperio de la máquina sobre el ser, el sometimiento y la masificación social. Hay que tomar conciencia de estos temas, ya que poco a poco han cambiado nuestra manera de ver el mundo y con esto nuestra calidad de vida.


RESUMEN

Hay días que me levanto con una esperanza demencial. Momentos en los que siento que las posibilidades de una vida mas humana están al alcance de nuestras manos.
Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Todos una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que únicamente los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana. Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida. Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos, parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica. La televisión nos atonta, quedamos como prendados en ella.  Y entonces, no sólo nos cuesta abandonarla, si no que también perdemos la capacidad para mirar y ver lo cotidiano. Es un tedio, aburrimiento al que nos acostumbramos como “a falta de algo mejor”.
El hombre se esta acostumbrando a aceptar pasivamente una constante intrusión sensorial. Y esta actitud pasiva termina siendo una servidumbre mental, una verdadera esclavitud. Pero hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse. No mirar con indiferencia cómo desaparece de nuestra mirada la infinita riqueza que forma el universo que nos rodea, con sus colores, sonidos y perfumes.
Hay que revalorar el pequeño lugar y el poco tiempo en que vivimos, que nada tienen que ver con los paisajes maravillosos que podemos mirar en la televisión, pero que están sagradamente impregnados de la humanidad de las personas que vivimos en él. Si nos volvemos incapaces de crear un clima de belleza en el pequeño mundo a nuestro alrededor y sólo atendemos a las razones del trabajo, tantas veces deshumanizado y competitivo, ¿Cómo podremos resistir?, El contacto con cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro, deja huellas a su paso que nos inclinan a reconocerlo y a encontrarlo. El hombre se expresa para llegar a los demás, para salir del cautiverio de su soledad, Es tal su naturaleza de peregrino que nada colma su deseo de expresarse. Muchas veces somos incapaces de un genuino encuentro porque sólo reconocemos a los otros en la medida que definen nuestro ser y nuestro modo de sentir, o que nos son propicios a nuestros proyectos. Uno no puede detenerse en un encuentro porque esta atestado de trabajos, de trámites, de ambiciones. Y porque la magnitud de la ciudad nos supera. Entonces el otro ser humano no nos llega, no lo vemos. Está más a nuestro alcance un desconocido con el que hablamos a través de la computadora.
El hombre no es un simple objeto físico, desprovisto de alma; ni siquiera un simple animal: es un animal que no sólo tiene alma si no espíritu, y el primero de los animales que ha modificado su propio medio por obra de la cultura. En la vida existe un valor que permanece muchas veces invisible para los demás, pero que el hombre escucha en el hondo de su alma: es la fidelidad o traición a lo que sentimos como un destino o una vocación a cumplir. El destino, al igual que todo lo humano, no se manifiesta en abstracto sino que se encarna en alguna circunstancia, en un pequeño lugar. Ni el amor; ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. El destino se muestra en signos e indicios que parecen insignificantes pero que luego reconocemos como decisivos. Hoy los hombres tienden a cohesionarse masivamente para adecuarse a la creciente y absoluta funcionalidad que el sistema requiere hora a hora. La pertenencia del hombre a lo simple y cercano se acentúa aún más en la vejez cuando nos vamos despidiendo de proyectos, y más nos acercamos a la tierra de nuestra infancia, y no a la tierra en general. No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en el ser humano adquiere increíble magnitud, sobre todo cuando el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo. Así nos es dado a ver muchos viejos que casi no hablan y todo el tiempo parecen mirar a los lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria. La vida de los hombres se centraba en valores espirituales hoy casi en desuso. Como la dignidad, el desinterés, el estoicismo del ser humano frente a la adversidad. Estos grandes valores, como la honestidad, el honor, el gusto por las cosas bien echas, el respeto por los demás, no era algo excepcional, se los hallaba en la mayoría de la s personas. El modo de ser de entonces, el desinterés, la serenidad de sus modales indudablemente reposaba en la honda confianza que tenían en la vida. Tanto para la fortuna como para la desgracia, lo importante no provenía de ellos. También los valores surgían de textos sagrados, eran mandatos divinos.
Los hombres, desde que se encontraron parados sobre la tierra, creyeron en un Ser superior. No hay cultura que no haya tenido sus dioses. Si todo es relativo, ¿encuentra el hombre valor para el sacrificio? ¿Y sin sacrificio se puede acaso vivir? Los hijos son un sacrificio para los padres, el cuidado de los mayores o de los enfermos también lo es.
Como la renuncia a lo individual por el bien común, como el amor. Se sacrifican quienes envejecen trabajando por los demás, quienes mueren para salvar al prójimo, ¿y puede haber sacrificio cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre o sólo lo halla en la comodidad individual, el la realización del éxito personal? Otro valor perdido es la vergüenza. ¿Han notado que la gente ya no tiene vergüenza y, entonces, sucede que entremezclados con la gente de bien uno puede encontrar, con amplia sonrisa, a cualquier sujeto acusado de las peores corrupciones, como si nada? En otro tiempo su familia se hubiera enclaustrado, pero ahora todo es lo mismo y algunos programas de televisión lo solicitan y lo tratan como a un señor.
Desde la perspectiva del hombre moderno, la gente de antes tenía menos libertad. Eran menores las posibilidades de elección, pero, indudablemente, su responsabilidad era mucho mayor. No se les ocurría, siquiera, que pudieran desentenderse de los deberes a su cargo, de la fidelidad al lugar que la vida parecía haberles otorgado.
Algo notable es el valor que aquella gente daba a las palabras. De ninguna manera eran un arma para justificar los hechos. Hoy todas las interpretaciones son válidas y las palabras sirven más para descargarnos de nuestros actos que para responder por ellos. Cuando la cantidad de culturas relativiza los valores, y la “globalización” aplasta con su poder y les impone una uniformidad arrogante del ser humano, en su desconcierto, pierde el sentido de los valores y de sí mismo y ya no sabe en quién o en que creer.
La religión ha perdido influencia sobre los hombres y desde hace unas décadas los mitos y las religiones parecieron superados para siempre y el ateísmo se generalizó en los espíritus avanzados. Sin embargo, en estos años, el hombre en su desesperación ha vuelto su mirada hacia las religiones en busca  de alguien que lo pueda sostener.  
Hoy no tenemos una narración, un relato que nos una como pueblo, como humanidad, y nos permita trazar las huellas de la historia de la que somos responsables. Ya los jóvenes han empezado a  buscar de una manera nueva en las religiones. Pero no debemos engañarnos, muchas veces aparece como algo superficial, capaz de adaptarse a cualquier manera de vivir, un techito confortable que nada pidiera, sin el abismo de la fe que entraña la verdadera religiosidad. La humanidad esta cayendo en una globalización que no tiende a unir culturas, sino a imponer sobre ellas el único patrón que les permita quedar dentro del sistema mundial.
Entre lo que deseamos vivir y el intrascendente ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una cuña en el alma que separa al hombre de la felicidad como al exiliado de su tierra. Y así, nuestra búsquedas, nuestros proyectos o trabajos nos quitan de ver los rostros que luego se nos aparecen como los verdaderos mensajeros de aquello mismo que buscábamos, siendo a la vez, ellos, las personas a quienes nosotros debiéramos haber acompañado o protegido. El abandono que los hombres de nuestro tiempo hacen de las personas mayores, de los padres, de los abuelos, esas personas a quienes les debemos  la vida. Nuestra “avanzada” sociedad deja de lado a quienes no producen. Porque el mundo no sólo está afuera sino en lo más recóndito de nuestro corazón. Es verdad que la naturaleza humana va transformando los rasgos, las emociones, la personalidad. Pero es la cultura la que le da forma a la mirada que ellos van teniendo del mundo.
Es urgente encarar una educación diferente, enseñar que vivimos en una tierra que debemos cuidar, que dependemos del agua, del aire, de los árboles, de los pájaros y de todos los seres vivientes, y que cualquier daño que hagamos a este universo grandioso perjudicará la vida futura y puede llegar a destruirla, hay que advertirles a los chicos del peligro planetario y de las atrocidades que las guerras han provocado en los pueblos. Es importante que se sientan parte de una historia a través de la cual los seres humanos han hecho grandes esfuerzos y también cometido tremendos errores. La búsqueda de una vida mas humana debe comenzar por la educación. No podemos seguir leyéndoles a los niños cuentos de gallinas y pollitos cuando tenemos a esas aves sometidas al peor suplicio, con poco que se les explique, los niños comprenderán que se vive un grave pecado de despilfarro en el mundo. Gandhi llama a la formación espiritual, la educación del corazón, el despertar del alma, y es crucial que comprendamos que la primera huella que la escuela y la televisión imprimen en el alma del chico es la competencia, la victoria sobre sus compañeros, y el más enfático individualismo, ser el primero, el ganador. Genera una gran confusión enseñarles cristianismo y competencia, individualismo y bien común, y darles largas peroratas sobre la solidaridad que se contradicen con la desenfrenada búsqueda del éxito individual para la cual se los prepara.
Va a se difícil encontrar la manera que permita a los hombres acceder a buenos trabajos   y a una vida que cuente con la posibilidad de crear o realizar actividades propias del espíritu.
Asistimos a una quiebra total de la cultura occidental. El mundo cruje y amenaza con derrumbarse, ese mundo que para mayor ironía es el resultado de la voluntad del hombre, de su prometeico intento de dominación. Guerras que unen la tradicional ferocidad a su inhumana mecanización, dictaduras totalitarias, enajenación del hombre, destrucción catastrófica de la naturaleza, neurosis colectiva e histeria generalizada, nos han abierto por fin los ojos que revelarnos la clase de monstruo que habíamos engendrado y criado orgullosamente, a cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza, continentes en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia medica, sin educación. La masificación ha hecho estragos, ya es difícil encontrar originalidad en las personas y un idéntico proceso se cumple en los pueblos, es llamada globalización. Pronto no podremos ya gozar de estudio o conciertos porque serán más apremiantes las preguntas que nos impondrá la vida respecto de nuestros valores supremos. Por la responsabilidad de ser hombres. Esta crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imagina: es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre. Para la obtención del dinero, han sido válidos todos los medios. Esta búsqueda de la riqueza no ha sido llevada adelante no para todos como pais, como comunidad no se ha trabajado con un sentimiento histórico y de fidelidad a la tierra. Es innegable que esta sociedad ha crecido llevando como meta la conquista, donde tener poder significó apropiarse y la explotación llego a todas las regiones posibles del mundo.
Las creencias y el pensamiento, los recursos y las invenciones fueron puestos al servicio de la conquista. Debemos exigir que los gobiernos vuelquen todas sus energías para que el poder adquiera la forma de solidaridad que promueva y estimule los actos libres, poniéndose al servicio del bien común, que no se entiende como la suma de los egoísmos individuales, sino que es el supremo bien de una comunidad. Debemos hacer surgir, hasta con vehemencia, un modo de convertir y de pensar que respete hasta las más hondas diferencias. La democracia no sólo permite la diversidad sino que debiera estimularla y requerirla. Porque necesita de la presencia activa de los ciudadanos para existir, de lo contrario es masificadora y genera indiferencia y conformismo.

Otra consecuencia de este estado de cosas es la sobrevaloración de la diversión. Los programas “divertidos” tienen mucho raiting y el raiting es lo supremo no importa a costa de qué valor, ni quién lo financia. Son esos programas donde divertirse es degradar, o donde todo se banaliza. Como si habiendo perdido la capacidad para la grandeza, nos conformáramos con una comedia de regular calidad. Nuestra civilización ha tomado un tipo de bienestar como el “deber ser “de la vida, fuera del cual no hay salvación. Este objetivo es logrado por el miedo, y por la incapacidad que tienen hoy los hombres de vivir los momentos duros, las situaciones límite, los obstáculos duros. En especial, se tiene horror al fracaso. Tal es la dificultad que tiene el hombre actual de superar las tormentas de la vida, de recrear la existencia después de las caídas. Si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa. Los hombres necesitan que nuestra voz se sume a sus reclamos.
Quienes se quedan con los sueldos de los maestros, quienes roban a las mutuales o se ponen en el bolsillo el dinero de las licitaciones no pueden ser saludados. No debemos ser asesores de la corrupción. No se puede llevar a la televisión a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes y tratarlos como señores delante de los niños.
 ¿Cuántos escándalos hemos presenciado, y todo sigue igual, y nadie con dinero va a preso? La gente sabe que se miente pero parece una ola de tal magnitud que no se la puede impedir. Esto hace sentir impotencia a la gente y finalmente produce violencia. Tampoco podemos vivir comunitariamente cuando todos los vínculos se basan en la competencia. Es indudable que genera, en algunas personas, un mayor rendimiento basado en el deseo de triunfar sobre las demás. Pero no debemos equivocarnos, la competencia es una guerra no armada y, al igual que aquélla, tiene como base un individualismo que nos separa de los demás, contra quienes combatimos. Si tuviéramos un sentido más comunitario muy diferente seria nuestra historia, y también el sentido de la vida del que gozaríamos. El hombre no sólo está hecho de muerte sino también de ansias de vida; tampoco únicamente de soledad sino también de comunión y amor.
En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás, no se puede mantener humano a esta velocidad, si vive autómata será aniquilado. La serenidad, una cierta lentitud, es tan inseparable de la vida del hombre como el suceder de las estaciones lo es de las plantas, o del nacimiento de los niños.  En el vértigo todo es temible y desaparece el diálogo entre las personas.

Lo que nos decimos son mas cifras que palabras, contiene más información que novedad. La pérdida del diálogo ahoga el compromiso que nace entre las personas y que puede hacer el propio miedo un dinamismo que lo venza y les otorgue una mayor libertad. La gran mayoría no quiere la libertad, la teme. El miedo es un síntoma de nuestro tiempo.
La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hay empleados que gastan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es el hombre libre que toma las decisiones? Esta pregunta es una pregunta radical que todos hemos de hacernos hasta escuchar en el alma, la responsabilidad a la que somos llamados. Las dificultades de la vida moderna, el desempleo y la superpoblación han llevado al hombre a una dramática preocupación por lo económico, en nuestros países, para infinidad de personas, la vida está limitada a ser trabajador de horario completo o quedar excluido. Es grande orfandad que cunde en las ciudades; la gran soledad de la persona original es una de las tragedias del vértigo y de la deficiencia. La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es la desvalorización de sí mismo que siente el hombre, y que conforma el paso previo al sometimiento y a la masificación. Si a pesar del miedo que nos paraliza volviéramos a tener fe en el hombre, tengo la convicción de que podríamos vencer al miedo que nos paraliza como cebades, uno no se atreve cuando está solo y aislado, pero sí puede hacerlo sí se ha hundido tanto en la realidad de los otros que no puede volverse atrás. Así es, uno se anima a llegar al dolor del otro, la vida se convierte en un absoluto.
El hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de las calles, estos chicos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina de nuestras vocaciones. De nuestro compromiso ante la orfandad puede surgir otra manera de vivir, donde el replegarse sobre sí mismo sea escándalo, donde el hombre pueda descubrir y crear una existencia diferente. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida  le basta el espacio de una grieta para renacer; no permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo.



El hombre, el alma del hombre, está suspendida entre el anhelo del bien, esa nostalgia eterna de amor que llevamos, y la inclinación al mal, que no seduce y nos posee, muchas sin que ni siquiera nosotros hayamos comprendido el sufrimiento que nuestros actos pudieron haber provocado en los demás. La bondad y la maldad nos resultan inabarcables, porque suceden en nuestro propio corazón.  Son, indudablemente, el gran misterio.
“Persona” quiere decir máscara, y cada uno de nosotros tiene muchas, ¿hay realmente una verdadera que pueda expresar la compleja, ambigua y contradictoria condición humana?, pero ¿que máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en la soledad, cuando creemos que nadie, nadie nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se debe a que el hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia.
¡Cuántas lágrimas hay detrás de las máscaras! ¡Cuánto más podría el hombre llegar al encuentro con el otro hombre si nos acercáramos los uno a los otros como necesitados que somos, en lugar de figurarnos fuertes! Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muerto de sed que somos en verdad, ¡cuántos mal podría ser evitado!


CONCLUSIÓN

El hombre a través de lo tiempos ha perdido sus valores hasta el punto de no recordar a verlos tenido alguna ves, en nuestro sociedad suele ser el ejemplo la televisión en la que salen cosas poco educativas las cuales imitamos e inclusive homenajeamos como si se tratase de un logro y cambiamos totalmente nuestra forma de ser.
 Hay que tratar desconectarse del circuito constante de nuestras vidas y fijarse en los detalles, después de analizar estos temas depende del criterio personal de cada uno, pero a mi manera de ver, me parece tonto que el ser humano desperdicie tanto tiempo de su vida en una rutina, la cual acaba con la magia de la vida y lo hermoso que es gozar de ella.

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